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jueves, 22 de enero de 2009

Realidad

Nota: Este relato lo escribí en catalán por lo que he decidido traducirlo y poner las dos versiones. Espero que os guste aunque sea un poco más moderado de los que he publicado hasta ahora.

Versión en castellano

Los labios de un tono cereza oscuro previamente perfilados y para acabar, un poco de brillo. Ahora quitar el exceso de grasa con ayuda de un trozo de papel higiénico y a continuación volver a perfilar con cuidado. Según Eva, esta es la forma de conseguir unos labios irresistibles y casi permanentes. Justo lo que necesito esta noche.
Ahora los ojos, lo haré a mi manera aunque no quede tan perfecto, de todas formas con las gafas tampoco se nota tanto. Un poco de sombra marrón oscura cerca de las pestañas y por encima amarrillo mezclado con rosa en dirección a las cejas. Perfilar el párpado inferior con lápiz negro y una buena capa de rimel. ¡Ya esta! No ha quedado tan mal. Hasta parezco guapa y todo.
Son las ocho y aún no me he vestido y Adrián me espera a las nueve en la otra punta de la ciudad. He de darme prisa. No puedo llegar tarde a nuestro primer encuentro y que se lleve una mala impresión. ¿Qué perfume me pongo? No sé si le gustan o no los olores fuertes. ¡A mí me encantan! Decidido, me pondré el que me regalo Nieves para mi cumpleaños. Huele como a Oriente, un olor sensual y él... ¿No dice siempre que soy la mujer más sensual que ha conocido en su vida? Claro que, nunca me ha visto. Su opinión viene condicionada por un par de fotos y nuestras conversaciones diarias. ¿Y si no le gusto? Mejor le llamo y le digo que no puedo ir. ¡Esto es una locura! No, no puedo hacer eso. Ha venido expresamente para que nos conociéramos. Sería una putada darle plantón. Además fui yo quien provocó este encuentro. Fue mi mano la que escribió: “Coge el avión y ven a rescatarme, me ahogo” Lo que no podía imaginarme es que se lo tomara al pie de la letra y viniera de verdad.
He de darme prisa. Un poco de vaselina detrás de las orejas, cuello, muñecas, pliegue de los codos y entre los pechos i el perfume por encima. Así dura el doble y si no dura me da igual. Mi madre lo hacía así y yo sigo la tradición. ¿Qué pensaría mi madre de lo que estoy a punto de hacer? Me echaría la bronca. Me diría que tengo la cabeza llena de pájaros y que sólo busco problemas en vez de disfrutar de la vida tranquilamente.
Esta es la cuestión. ¿Cómo se disfruta de la vida tranquilamente? Yo no sé hacerlo. No me llena el hecho de tener un buen trabajo, un piso agradable, un hijo inteligente y un buen marido. Necesito un poco de aventura, algo que me saque de la rutina. No pido cosas demasiado sofisticadas. Me conformaría con que Manuel me sorprendiera de vez en cuando con una flor, una cena sorpresa (aunque fuera en el bar de la esquina), entradas para el cine... ¡Qué sé yo! ¡Cualquier detalle por pequeño que fuera! La rutina me ahoga y nadie se da cuenta excepto Adrián.
Las ocho y media y aún sin vestirme. No sé si ponerme el vestido negro largo o los pantalones de lycra con el top rojo. Las dos cosas me quedan mal. Tengo que adelgazar. El lunes empiezo y esta vez será de verdad aunque... Hace más de cuatro años que empiezo la dieta el lunes y la acabo el martes. Me falta motivación, alguien que me apoye. ¿Cómo se puede hacer una dieta si los que viven contigo no paran de comer? Todo el día masticando algo. Que si patatas fritas, que si palomitas, caramelos, pastelitos... ¡Cómo ellos no se engordan! Al final acabo picando yo también y después me entra un enorme sentimiento de culpabilidad y me enfado, y como estoy enfadada como para tranquilizarme y vuelta a empezar. Pero como explicárselo a ellos si no entienden nada y lo único que dicen es que cada uno es como es y no hay que darle más vueltas. ¿Cómo quieren que no le dé vueltas si cuando voy a comprar ropa todo lo que me gusta no pasa de la talla 38? Al final acabo en tiendas especializadas en tallas grandes y allí sólo hay ropa de vieja. Nada moderno ni atrevido. Se creen que por estar gorda ya no tengo derecho a llevar ropa extremada. Yo lo necesito. Quiero que los hombres me deseen, que se enamoren de mis curvas, que me hagan sentir sexy. Me pondré los pantalones de lycra y top rojo y debajo... Un tanga negro, nada de sujetador. ¡Adrián se volverá loco!
El siempre dice que soy la mújer más atractiva que conoce y que mi físico no es importante, que lo que importa realmente es mi personalidad. A mi tampoco me importa que el sea bajito ni que tengo unos años más que yo. Nunca le he dado importancia al físco. Es más, no me gustan los típicos “guaperas”. No me inspiran confianza. Quizás es por mi falta de autoestima, pero creo y pienso que no me equivoco mucho, que las personas normalitas o feas tenemos más cosas para ofrecer. Como siempre hemos sabido que nuestro físico no es ninguna maravilla hemos desarrollado mucho más el interior, los sentimientos.
Siempre hay excepciones, claro. Mi marido pertenece al grupo de las excepciones. Es pobre tanto de físico como de pensamiento. Y con esto, no quiero decir que sea tonto ni mucho menos, si no que se ha olvidado de que las cosas que no se ejercitan se oxidan. Él es un buen hombre oxidado por la rutina, y es feliz.
Cuando lo conocí no era así. Nos pasábamos horas y horas hablando de cualquier cosa y haciendo el amor desesperadamente. ¡Nos deseábamos tanto! Hacíamos proyectos de futuro juntos. Éramos felices ¿Cómo imaginar que tan solo eran castillos de arena que el tiempo se encargaría de deshacer? Ahora sólo hablamos de trabajo, hacemos el amor cada seis meses y ni siquiera es un acto de amor. Es mas bien como el tributo que hemos de pagar por el hecho de estar casados. El no tiene proyectos y yo sólo pienso en el divorcio.
Las nueve menos cuarto, llegaré tarde. ¿Dónde he puesto las sandalias negras? Nunca encuentro nada cuando tengo prisa. Ya las veo, al fondo del armario. ¿Dónde más podían estar? Un último repaso antes de salir. Maquillaje, bien. Ropa, bien. Perfume, bien. El pelo, perfecto, Ana tiene unas manos mágicas. ¡Valió la pena estar tres horas en la peluquería! Ahora el collar de terciopelo negro y los pendientes de plata largos para que resalten el cuello. ¿Se atreverá a besarlo? Espero que sí. ¡Me muero de ganas! Si me lo hubieran dicho hace unos meses no me lo hubiera creído. ¿Cómo es posible tener una relación con alguien que casi no conozco de nada?
Adrián salió de la nada una noche de un domingo cualquiera hace un año. Me gustó su forma de hablar. Lo encontré interesante pero nunca hubiera pensado que significara tanto en mi vida. Nuestra relación creció al mismo tiempo que se hundía mi matrimonio. No le quiero, lo tengo claro o al menos creo que lo tengo claro. En todo caso es una forma de amor que no tiene nada que ver con la típica de pareja. Confío totalmente en él, es difícil saber el por qué. Cuando empezamos ha hablar me olvido de los miedos y los complejos. Me dejo ir. Sé que puedo contar con él para cualquier cosa y eso me hace sentir fuerte.
Ya he llamado al taxi. Iré bajando no sea que se vaya sin mi y entonces si que la hemos hecho buena. Ha sido un auténtico reto planificar este encuentro. El niño se ha ido a pasar el fin de semana con los abuelos. Eso ha sido fácil, pero con Manuel casi pierdo la esperanza. No encontraba la excusa perfecta. Supongo que por falta de práctica. Montones de preguntas han caido sobre mí estos últimos días. Al final le he dicho que voy a una despedida de soltera de una compañera de trabajo. Cena, fiesta, pasar la noche en un hotel y playa mañana. Eso me da un amplio margen por lo que pueda pasar. Si todo va bien será un fin de semana mágico con Adrián si no, siempre puedo volver a casa diciendo que me encuentro mal.
Manuel desconfía de mí y tiene razón aunque yo no le he engañado nunca, al menos de forma tradicional. Creo que si lo hago hoy es porque él me ha empujado ha hacerlo. Su actitud me ha hecho desear hacer realidad lo que hasta ahora sólo era una fantasía.
Es curioso eso de las fantasías. Siempre he tenido. Forman parte de mi personalidad y me sirven de estímulo para seguir viviendo. Cuando era pequeña, mi juego preferido era simular películas. Repartíamos los personajes y nos inventábamos una historia. Cada rincón del patio del colegio era un escenario donde transcurrían nuestras aventuras. Había un pequeño problema, como la escuela era sólo para niñas, los papeles masculinos no tenían mucho éxito. Todas querían papeles femeninos. A mí no me importaba y solía ser siempre el protagonista masculino. Me gustaba. Eran unos personajes importantes que a diferencia de los femeninos, tomaban decisiones que hacían cambiar el juego continuamente. Tenía sólo seis o siete años. Todavía no sabía que eso era una actitud machista. Lo encontraba normal y seguía las reglas del juego. Habían de pasar todavía unos años antes de que empezara a revelarme contra el sistema.
De aquellos años de infancia tengo un recuerdo especial: el momento en el que descubrí mi sexualidad. Fue una cosa totalmente fortuita y hasta unos años más tarde no sabría que a eso se le llamaba masturbación.
Fue el día siguiente a Reyes. Me habían regalado un muñeco precioso, un bebé que hacía pipí cuando le dabas el biberón. Todas las niñas de la calle tenían uno igual y nos esmerabamos en demostrar que éramos las mejores madres del mundo. La escalera de Rosario era nuestra casa. Allí cambiabamos pañales, dabamos el biberon, jugabamos con nuestros bebés sintéticos y los poníamos a hacer la siesta. Como el niño no se dormía nosotros nos tumbábamos a su lado simulando que dormíamos.
Me estiré al lado del muñeco. La falda se me había levantado un poco haciendo que mis piernas desnudas estuvieran en contacto con el suelo frío. Me gustó esa sensación. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al mismo tiempo que sentía una cosa extraña en mi sexo, el “rin”como le llamabamos nosotras. Me gire boca abajo y metí una mano por dentro de las braguitas. ¡Estaba mojada! Me asusté. ¿Cómo se me había escapado el pipi? Mis amigas se reirian de mí y mi madre se enfadaría mucho. Acerqué el dedo mojado a la nariz. No olía a pipí. Era otra cosa. El calor en mi sexo se había incrementado y empezaba a tener algo parecido a un picor. Con cuidado para que no me vieran mis amigas me bajé un poco las braguitas. Pensaba que con el frío del suelo el picor desaparecería. Se me puso la piel de gallina, pero era muy agradable y si me movía un poco todavía más. Ninguna de mis amigas se dió cuenta y continuamos jugando toda la tarde como si nada.
No se lo expliqué a nadie. Tenía la impresión que eso era una cosa que no debía estar bien. No se podía hablar del “rin” o del “gusanito” de los niños porque eran cosas sucias.
Por la noche lo repetí descubriendo con sorpresa que dentro de la cama caliente también funcionaba. Desde ese día mis manipulaciones las hacía siempre a la noche. Mi hermano dormía en la cama de al lado pero era demasiado pequeño para darse cuenta. Ahora sé que todos los niños se tocan, “exploración” dicen los pediatras. Con el tiempo estos tocamientos desaparecen hasta llegar a la pubertad. En mi caso no fue así. Cada día me acariciaba hasta dormirme. Era fácil, no necesitaba imaginar nada porque era un simple acto físico. Un instinto.
A los doce años me operaron de apendicitis y en el tiempo que estuve en casa sin ir al colegio descubrí que me gustaban las novelas de miedo que leía mi madre. Hacía años que cada sábado íbamos a una tienda a canviar cómics i novelas. Siempre nos gustó leer en casa. Cada uno sus cosas, claro. Las novelas de mi madre eran de amor y de miedo. Nunca les había hecho caso, pero despues de la operación estaba tan aburrida que me dió por leer una de miedo. Fue uno de los descubrimientos más importantes de mi vida.
Trataba de un grupo de excursionistas que llegaban a una casa enorme en medio del bosque para pedir ayuda. Su autobus se había roto. Allí vivían un grupo de gente muy rara lideradas por un chico que decía ser hijo del diablo. Os podeís imaginar el resto. Entre asesinato y asesinato había toda clase de escenas sexuales.
Desde entonces cada vez que me masturbaba imaginaba cosas como las que había leído y todavía lo hago aunque no lo sepa nadie. No hay fantasía que me provoque más placer que imaginarme atada de manos y pies y violada por dos hombres que no paran de decirme obscenidades todo el tiempo.
Muchas veces se lo he querido explicar a mi marido pero no me he atrevido. Él es demasiado sencillo para entenderlo. Si ya me mira mal cuando le pido que me ate y me lama todo el cuerpo o que me tape los ojos y me diga cualquier guarrada mientras me hace el amor. ¿Cómo confesarle que me masturbo regularmente y lo hago con fantasías masoquistas?
Mi fantasía con Adrián no es de ese tipo. Simplemente nos damos placer mutuamente sin pensar en nada más. Es increible el grado de complicidad que hemos llegado a tener a pesar de que yo no facilito mucho las cosas. Mi timidez muchas veces es como un muro que cuesta tirar a tierra. Pero él sabe como hacerlo.
Se que puede parecer de locos masturbarse delante de una pantalla de ordenador escribiendo y leyendo las sensaciones que tenemos uno y otro. O encerrarse en el baño con el telefono para compartir nuestros gritos de placer al llegar al orgasmo.
Y si a eso se le añade, los sms continuos con alguna petición morbosa. Como la de quitarme el sujetador en el baño de la oficina y pellizcarme los pezones, o ir de compras sin ropa interior, o llevar puestas unas bolas chinas cenando en casa de mi cuñada.
Cada proposición era más excitante que la anterior y estaba deseando hablar con él para contarle que habia sentido en esos momentos y que me hiciera volar con sus palabras.
No es solo sexo lo que compartimos. También nuestras vidas, con alguna diferencia, coinciden. No sé porque es más fácil confiar los problemas a una persona ajena a tu entorno. Me gusta explicarle mis cosas. Supongo que para aligerar la carga de estar todo el tiempo reprimiendo los sentimientos reales. Primero pensé que me estaba enamorando. ¡Hacía tanto tiempo que no hablaba con nadie de una forma tan desnuda y sincera! Me dio miedo y estuve a punto de dejarlo correr todo y desaparecer. No he soportado nunca la cobardía, así que continué con las conversaciones y el tiempo se encargó de ponerlo todo en su sitio. No estoy enamorada de Adrián simplemente lo deseo. Deseo desesperadamente hacer el amor con él. Sentir sus labios sobre los míos, su piel, su aliento.
Ya ha llegado el taxi. Le doy la dirección del hotel al chofer que me mira con una sonrisa maliciosa como si adivinara que es lo que estoy a punto de hacer. No hay marcha atras. Hoy conocere a Adrian. Hoy mis fantasias seran realidad.




Versión en catalán


Els llavis d'un to cirera fosc prèviament perfilats i per acabar, una mica de brillantor. Ara treure l'excés de greix amb l'ajuda d'un tros de paper higiènic i a continuació tornar a perfilar amb cura. Segons l'Eva, aquesta es la manera d'aconseguir uns llavis irresistibles i gairebé permanents. Just el que necessito aquesta nit. Ara els ulls, ho faré a la meva manera encara que no quedi tan perfecte, de totes maneres amb les ulleres tampoc es nota tant. Una mica de ombra marro focs a prop de les pestanyes i sobre d'aquest, groc barrejat amb rosa en direcció a les celles. Perfilar la parpella inferior amb llapis negre i una bona capa de rímel. Ja esta! No ha quedat tan malament. Fins i tot semblo maca i tot.Son les vuit i encara no me vestit i l'Adrià m'espera a les nou a l'altre punta de la ciutat. He d'afanyar-me. No puc arribar tard al nostre primer encontre i que es porti una mala impressió. Quin perfum em poso? No tinc ni idea si li agraden o no les olors fortes. A mi m'encanten! Decidit, em posaré el que em va regalar la Neus pel meu aniversari. Fa una olor com d'Orient, una olor sensual i ell... No diu sempre que soc la dona mes sensual que ha conegut en tota la seva vida? Clar que, mai m'ha vist. La seva opinió ve condicionada per un parell de fotos i les nostres conversacions diàries. I si no li agrado? Millor el truco i li dic que no puc anar-hi. Això és una bogeria! No, no puc fer això. Ha vingut expressament per que ens coneixem. Seria una putada deixar-li plantant. A més vaig ser jo qui va provocar aquest encontre. Va ser la meva ma la que va escriure: "Agafa l'avio i vine a rescatar-me, m'ofego" El que no em podia imaginar es que s'ho prengués al peu de la lletra i vingués de veritat.
He d’afanyar-me. Una mica de vaselina darrere de les orelles, al coll, als canells, al plec dels colzes i entremig dels pits i el perfum a sobre. Així dura el doble i si no dura m’és igual. La meva mare ho feia així i jo segueixo la tradició. Que pensaria la meva mare del que estic a punt de fer? M’escridassaria de valent. Em diria que tinc el cap ple d’ocells i que només em busco problemes en comtes de gaudir la vida tranquil·lament. Aquesta es la qüestió. Com es pot gaudir de la vida tranquil·lament? Jo no se fer-ho. No m’omple el fet de tenir un bon treball, un pis agradable, un fill intel·ligent i un home bo. Necessito una mica d’aventura, alguna cosa que em tregui de la rutina. No demano coses massa sofisticades. Em conformaria amb que Manel em sorprengués de tant en tant amb una flor, un sopar sorpresa (encara que fos al bar de la cantonada), entrades pel cinema... Que se jo! Qualsevol detall per petit que fos! La rutina m’ofega i ningú s’adona excepte l’Adrià.
Dos quarts de nou i encara sense vestir-me. No se si posar-me el vestit negre llarg o els pantalons de lycra amb el top vermell. Les dues coses em queden fatal. He d’aprimar-me. Dilluns començo i aquest cop serà de veritat encara que...fa mes de quatre anys que començo la dieta el dilluns i l’acabo dimarts. Em falta motivació, algú que em faci costat. Com es pot fer una dieta si els que viuen amb tu no paren de menjar? Tot el dia mastegant alguna cosa. Que si patates fregides, que si crispetes, caramels, pastissets...¡Com que ells no s’engreixen! Al final acabo picant jo també i desprès m’agafa un sentiment de culpabilitat enorme i m’enfado, i com que estic enfadada menjo per tranquil·litzar-me i tornem a començar. Però que els he d’explicar a ells si no entenen res de res i l’únic que saben dir es que cadascú es com es i no s’han de donar més voltes. Com volen que no li doni voltes si quan vaig a comprar roba tot el que m’agrada no passa de la talla 38? Al final acabo a les botigues especialitzades en talles grans i allà només hi ha roba de iaia. No hi ha res modern ni atrevit. Es pensen que pel fet d’estar grassa no tinc dret a portar roba extremada. Jo ho necessito. Vull que els homes em desitgin, que s’enamorin de les meves corbes, que em facin sentir sexy. Em posaré els pantalons de lycra i el top vermell i a sota... Un tanga negre, res de sostenidors. A l’Adrià el farà tornar boig!

Ell sempre diu que soc la dona més atractiva que coneix i que el meu físic no és important, que el que importa realment es la meva personalitat. A mi tampoc em fa res que ell sigui baixet ni que tingui uns quants anys més que jo. Mai li he donat importància al físic. Es mes, no m’agraden els típics “guaperas”. No m’inspiren confiança. Potser es per la meva falta d’autoestima, però crec i penso que no m’equivoco gaire, que les persones normaletes o lletges tenim més coses per oferir. Com que sempre hem sabut que el nostre físic no era cap meravella em desenvolupat molt mes l’interior, els sentiments.
Sempre hi ha excepcions, es clar. El meu home pertany al grup de les excepcions. Es pobre tant de físic com de pensament. I amb això, no vull dir que sigui tonto ni molt menys, sinó que s’ha oblidat de que les coses que no s’exerciten es rovellant. Ell es un bon home rovellat per la rutina, i es feliç.
Quan el vaig conèixer no era pas així. Ens passàvem hores i hores parlant de qualsevol cosa i fent l’amor desesperadament. Ens desitjàvem tant! Fèiem projectes de futur junts. Érem feliços. Com imaginar que tan sols eren castells de sorra que el temps s'encarregaria d'arrossegar? Ara només parlem de feina, fem l'amor cada sis mesos i ni tan sols es un acte d'amor. Mes aviat és com un tribut que em de pagar pel fet d'estar casats. Ell no te projectes i jo només penso en el divorci.Tres quarts de nou, arribaré tard. On he ficat les sandàlies negres? Mai trobo res quan tinc pressa. Ja les veig, al fons de l'armari. On més podien estar? Un últim repàs abans de sortir. Maquillatge, bé. Roba, bé. Perfum, bé. El cabell, perfecte, l'Anna te unes mans màgiques. Va valdre la pena estar-se tres hores a la perruqueria! Ara el collaret de vellut negre i les arrencades de plata llargues perquè ressaltin el coll. S'atrevirà a petonejar-lo? Espero que si. Em moro de ganes! S'hi m'ho haguessin dit fa uns mesos no m'ho hauria cregut. Com es possible tenir una relació tan forta amb algú que gairebé no conec de res? L'Adrià va sortir del no res una nit d'un diumenge qualsevol fa un any. Em va agradar la seva manera de parlar. El vaig trobar interessant però mai hauria pensat que signifiques tant a la meva vida. La nostre relació va anar creixent al mateix temps que s'enfonsava el meu matrimoni. No l'estimo això, ho tinc clar o almenys crec que ho tinc clar. En tot cas es una forma d'amor que no te res a veure a la típica de parella. Confio totalment en ell, és difícil saber per què. Quan comencem a parlar m'oblido de les pors i dels complexes. Em deixo anar. Se que puc comptar amb ell per qualsevol cosa i això em fa sentir forta.
Ja he trucat al taxi. Aniré baixant no sigui que marxi sense mi i llavors si que l'haurem fet bona. Ha estat un autèntic repte planificar aquest encontre. El nen s'ha anat a passar el cap de setmana amb els avis. Això ha estat fàcil, però amb el Manel gairebé perdo l'esperança. No trobava l'excusa perfecta. Suposo que per falta de practica. Un munt de preguntes ha caigut sobre mi aquests últims dies. Al final l'he dit que vaig a un comiat de soltera d'una companya de feina. Sopar, festa, passar la nit a un hotel i platja demà. Això em dona un marge ampli pel que pugui passar. Si tot va be serà un cap de setmana màgic amb l'Adrià sinó, sempre puc tornar a casa dient que em trobo malament.
En Manel desconfia de mi i te tota la raó encara que jo no l'enganyat mai, almenys de la manera tradicional. Crec que si ho faig avui es perquè ell m'ha empés a fer-ho. La seva actitud m'ha fet desitjar fer realitat el que fins ara només era una fantasia.
Es curiós això de les fantasies. Sempre n'he tingut. Formen part de la meva personalitat i em serveixen d'estímul per seguir vivint. Quan era petita el meu joc preferit era simular pel·lícules. Repartíem els personatges i ens inventàvem una història. Cada racó del pati del col·legí era un escenari on transcorrien les nostres aventures. Hi havia un petit problema, com que l'escola era només per nenes, els papers masculins no tenien gaire èxit. Totes volien papers femenins. A mi no m'importava i solia ser sempre el protagonista masculí. M'agradava. Eren uns personatges importants que a diferencia dels femenins, prenien decisions que feien canviar el joc contínuament. Tenia només sis o set anys. Encara no sabia que això era una actitud masclista. Ho trobava normal i seguia les regles del joc. Encara havien de passar uns anys abans que comences a revelar-me contra el sistema.
D'aquells anys d'infància tinc un record especial: el moment en que vaig descobrir la meva sexualitat. Va ser una cosa totalment fortuïta i fins uns anys mes tard no sabria que d'això s'en deia masturbació.
Va ser el dia següent als Reis. M'havien regalat un ninot preciós, un nadó que feia pipí quan li donaves el biberó. Totes les nenes del carrer tenien un igual i ens afanyàvem per demostrar que érem les millors mares del mon. L'escala de la Roser era la nostre caseta. Allà canviàvem bolquers, donàvem el biberó, jugàvem amb els nostres nadons sintètics i els posàvem a fer la migdiada. Com que el nen no s'adormia nosaltres ens tombàvem al seu costat simulant que dormíem.
Em vaig estirar al costat del nino. La faldilla se m'havia aixecat una mica fent que les meves cames nues estiguessin en contacte amb el terra fred. Em va agradar aquesta sensació. Un calfred va recórrer el meu cos al mateix temps que sentia una cosa estranya al meu sexe, el "rin" com li dèiem nosaltres. Em vaig girar panxa avall i vaig ficar una ma per dins les meves calçetes. Estava mullada! Vaig tenir un ensurt. Com se m'havia escapat el pipí? Les meves amigues es riurien de mi i la meva mare s'enfadaria molt. Vaig apropar el dit moll al meu nas. No feia olor de pipí. Era un altre cosa. La calor del meu sexe s'havia incrementat i a més començava a tenir quelcom semblant a un picor. Amb compte per que no hem veiessin les meves amigues vaig baixar-me les calçetes una mica. Pensava que amb la fredor del terra aquest picor desapareixeria. S'hem va posar la pell de gallina, però era molt agradable i si em movia una mica encara més. Cap de les meves amigues es va adonar i vam continuar jugant tota la tarda com si res.
No li vaig explicar a ningú. Em feia la impressió que això era una cosa que no devia d'estar be. No es podia parlar del "rin" o del "gusanet" dels nens perquè eren coses brutes.
A la nit ho vaig repetir descobrint amb sorpresa que dins el llit calent també funcionava. Des de aquell dia les meves manipulacions les feia sempre a la nit. El meu germà dormia al llit del costat però era massa petit per adonar-se'n. Ara se que tots els nens es toquen, "exploració" diuen els pediatres. Amb el temps aquests tocaments desapareixen fins arribar a la pubertat. En el meu cas no va ser així. Cada dia m'acariciava fins adormir-me. Era fàcil, no necessitava imaginar res perquè era un simple acte físic, un instint.
Als dotze anys em van operar d'apendicitis i en el temps que vaig estar a casa sense anar a escola vaig descobrir que m'agradaven les novel·les de por que llegia la meva mare. Feia anys que cada dissabte anàvem a una botiga a bescanviar còmics i novel·les. Sempre ens ha agradat llegir a casa. Cadascú les seves coses es clar. Les novel·les de la meva mare eren d'amor i de por. Mai els hi havia fet cas, però després de l'operació estava tan avorrida que em va donar per llegir una de por. Va ser un dels descobriments mes importants de la meva vida.
Tractava d'un grup d'excursionistes que arribaven a una casa enorme en mig del bosc per demanar ajuda. El seu autobús s'havia espatllat. Allà vivien un grup de gent molt rara liderats per un noi que deia ser el fill del diable. Us podeu imaginar la resta, entre assassinat i assassinat hi havia tota classe d'escenes sexuals.
Des de llavors cada cop que em masturbava imaginava coses com les que havia llegit i encara ho faig encara que no ho sap ningú. No hi ha fantasia que em provoqui mes plaer que imaginar-me lligada de mans i peus i violada per dos homes que no paren de dir-me obscenitats tot el temps.
Molts cops li he volgut explicar al meu home però no m'he atrevit. Ell es massa senzill per entendre-ho. Si ja em mira malament quan li demano que em lligui i em llepi tot el cos o que em tapi els ulls i em digui qualsevol guarrada mentre em fa l'amor. Com confessar-li que em masturbo regularment i ho faig amb fantasies masoquistes?
La meva fantasia amb l'Adrià no és d'aquest tipus. Simplement ens donem plaer mútuament sense pensar en res mes. Es increïble el grau de complicitat que em arribat a tenir tot i que jo no facilito gaire les coses. La meva timidesa molts cops es com un mur que costa tirar a terra però ell sap com fer-ho.
Se que pot semblar de bojos masturbar-se davant una pantalla d'ordinador escrivint i llegint les sensacions que tenim un i altre. O tancar-se al bany amb el telefon per compartir els crits de plaer al arribar al orgasme.
Si a tot això li afegim els sms continus amb alguna petició morbosa. Com la de treure'm el sostenidor al bany de l'oficina y pessig arme els mugrons, o anar a comprar sense roba interior, o portar posades unes boles chineses al sopar a casa de la meva cunyada.
Cada proposta era més excitant que l'anterior i estava desitjant parlar amb ell per contar-li que havia sentit en aquells moments i que em fes volar amb les seves paraules.
No és només sexe el qual compartim. També els nostres vinyes, amb alguna diferència, coincideixen. No sigues perquè és més fàcil confiar els problemes a una persona aliena al teu entorn. M'agrada explicar-li els meves cuses. Suposo que per alleugerir la carrega d'estar tota la estona reprimint els sentiments reals. AL començament vaig pensar que m'estava enamorant. Feia tant temps que no parlava a algú d'una manera tan nua i sincera! Em va fer per i vaig estar a punt de deixar-ho córrer tot i desaparèixer. No he suportat mai la covardia, així que vaig continuar amb els conversis i el temps s'ha encarregat de posar-ho tot al seu lloc. No estic enamorada de l'Adrià simplement el desitjo. Desitjo desesperadament fer l'amor amb ell. Sentir els seus llavis sobre els meus, la seva pell, el seu ale. Ja ha arribat el taxi. Li dono l'adreça de l'hotel al xofer que em mira amb un somriure maliciós com si endevinés el qual estic a punt de fer. No hi marxa enrere. Avui coneixeré a l'Adrià. Avui els meves fantasies seran realitat.

viernes, 16 de enero de 2009

Primer encuentro

Hace tiempo que quería escribir sobre esos momentos íntimos que pasamos tu y yo pero no encontraba ni la motivación ni el momento para hacerlo. Ahora que el tiempo se ha encargado de apaciguar la pasión apresurada de los primeros años cambiándola por ese tipo de pasión madura y experimentada y no por ello menos excitante, hay veces que los recuerdos vienen de golpe haciéndome sonreír o excitándome en la ocasión más oportuna.
El otro día estaba en el trabajo dibujando un mapa cuando recordé nuestra primera vez. Fue hace casi diez años, un veinticuatro de diciembre.
Como cada año primero cumplimos con la familia y después, como buenos paganos, fuimos a bailar. Estabas muy guapo con aquella camisa de seda y mis manos te acariciaban la espalda al ritmo de boleros, bachatas, merengues... No sé si fue la cálida música tropical, los mojitos o el calor de tus besos pero supe que aquella noche sería tuya.
Llevábamos tres meses saliendo y no habíamos pasado de los besos. Si, ya sé que eso era culpa mía. Yo puse las condiciones. Nada de sexo. No estoy preparada te dije. Torpe pretexto para ocultar el miedo que me producía iniciar una relación estable a tan solo unos meses de mi divorcio de aquel impresentable. Tu respetaste mi decisión y en ese tiempo jamás intentaste llegar más allá aunque me consta que te costaba un trabajo enorme contenerte sobretodo, cuando nuestras lenguas se juntaban y mis manos se colaban bajo de tu camisa acariciándote el vello. En ese momento, tus manos trémulas rozaban mis pechos instintivamente y tu cuerpo se pegaba el mío. Podía sentir el calor de tu sexo hinchado, oprimido bajo tus tejanos, pegarse al mío que se licuaba sin permiso deseoso de ti. Pero siempre te contenías y eso fue lo que me enamoro de ti.
“Estoy cansada “ te dije “¿Me llevas a casa? Te invito a un café” Era la primera vez que estaríamos juntos en mi piso de noche y solos. Siempre lo habías evitado supongo que era demasiada tentación para ti.
Puse aquella cinta de Sabina que tanto nos gustaba a los dos y en vez de café abrí una botella de cava y me senté a tu lado en el sofá. Bebimos abrazados escuchando la música, besándonos cada vez más apasionadamente. Te susurré al oído que te quería y entonces no sé porque, se me ocurrió atarte y vendarte los ojos. Te sorprendió, amor mío, pero ya era tarde para dar marcha atrás y tampoco estaba dispuesta a ello. Mordisqueándote la oreja te iba diciendo muy bajito lo mucho que te deseaba. Te tumbé sobre el sofá y me senté encima de ti levantándome la falda hasta la cintura para poder moverme mejor.
Estabas nervioso, a pesar de que creías conocerme bien mi comportamiento esa noche no cuadraba con la imagen que tenías de mí. Desabroche la camisa despacio con la boca lamiendo y besando el pedazo de piel que quedaba descubierto. Cogí tus manos y las puse sobre mi culo descubierto. Vacilaste un segundo al notar que no llevaba ropa interior pero yo te volví a besar y tus manos presionaron por fin suavemente mis curvas.
Te mordí los pezones, diste un respingo pero gemiste cuando pase mis uñas por tus costados y la punta de mi lengua los rodeo calmando el dolor. Temblabas, amor, y yo cada vez te deseaba más. Me quite la blusa y el sujetador y lentamente fui rozando con mis pechos el tuyo. Mis pezones jugaron con los tuyos y tu sexo crecía, oculto todavía, bajo el mío. Me arrodille en el suelo y pase mi lengua por el borde del pantalón desabrochándotelo poco a poco. Te acaricié distraídamente el bulto que se te marcaba bajo el áspero tejido. Te baje un poco el pantalón y mi lengua traviesa se coló por el elástico del slip rozándote apenas el glande. Tu respiración se aceleró cuando acabe de bajar el pantalón y mis dientes marcaron el contorno de tu sexo sobre la suave tela de tu slip. Mis uñas no dejaban de acariciarte el pecho, tus costados, tus ingles. Mi boca iba de tus muslos a tu sexo liberando poco a poco tu sexo duro y cálido.
Mis labios lo atraparon por fin cuando menos te lo esperabas, tu cadera se movió introduciéndomelo más profundamente en la boca. Jugué con él un buen rato. Me encantaba su sabor, sabía a ti cielo. Me descontrolaba sentir tus gemidos y el temblor de tu cuerpo estremecido de placer cada vez que sacaba y metía lentamente tu pene hasta el fondo de mi garganta sin dejar de presionar con mis labios. Gritabas, me pedías más y tuve mi primer orgasmo sin que apenas me hubieras tocado.
Volví a sentarme encima de ti, mi sexo humedecido por mis jugos sobre el tuyo, rozándose. Me movía lentamente, nuestros cuerpos pegados, la piel quemándonos. Por fin entraste en mi. ¡Que placer amor! Me eché para atrás y me quede quieta un instante disfrutando de ti ¡Estabas tan adentro! Mi balanceo, lento al inicio fue haciéndose cada vez más rápido. Arriba, abajo, contoneándome, pegándome a ti para besarte, pasándote mis pechos por la cara y otra vez hacía para, sin respiro, volver a empezar. Tus caderas intentaban seguir mi ritmo embistiéndome profundamente. Desate tus manos y me cogiste por las caderas empujándome contra tu cuerpo desencadenando mi segundo orgasmo. Vibraba y mi vagina se contraía, relajaba y volvía a contraerse presionando tu pene sintiendo tus espasmos y el calor de tu semen dentro de mí.
Te quite la venda de los ojos, te besé y me abrace a ti disfrutando del maravilloso orgasmo casi compartido. “Te quiero” te dije. Tus labios sellaron mis labios, acariciabas mi pelo. Era tanto el calor de nuestras bocas y tanto el deseo que nos envolvía que tu sexo volvió a crecer dentro de mí y empezaste a moverte lentamente al mismo tiempo que yo contraía mi vagina atrapándolo. “Me vuelves loco” dijiste saliendo de mí, cogiéndome en brazos y llevándome a la cama. Me encontré boca abajo mis pechos aplastados contra el colchón y tu boca explorando mi sexo, lamiendo mis jugos y tu semen. El placer llegaba como descargas eléctricas venciendo mi pudor. Jamás nadie me había hecho eso por increíble que pueda parecer. Me abandoné del todo cuando tu lengua rodeo mi clítoris y tus dedos penetraron en mi. Una mano bajo mi cuerpo pellizcaba mis pezones cada vez más sensibles. Todo mi cuerpo se convulsiono ante el tercer orgasmo momento que aprovechaste amor para volver a penetrarme. En esta posición, yo a cuatro patas tu detrás empujando, parecía que nos fundiéramos y aún así quería más, gritaba pidiéndote más y tu empujabas cada vez con más fuerza. Cuando me cogiste del pelo clavándote salvajemente en mi creí que me destrozarías y a pesar de ello me escuchaba decirte “Más fuerte, fóllame más fuerte” Esta vez llegamos los dos a la vez, gimiendo caíste sobre mí y yo aplastada sobre el colchón eleve mi cadera para compartir nuestros espasmos. Tu semen y mi flujo resbalaban por mis piernas provocándome nuevos espasmos. Te tumbaste en la cama y me acurruque junto a ti. Estábamos sudados y recuerdo tu voz susurrándome al oído, las caricias de tus manos y el calor de tu cuerpo antes de dormirme. Cuando desperté a la mañana siguiente seguíamos abrazados. Dormías, te bese y cerré los ojos para no despertar nunca jamás.

El timbre corto de pronto mis pensamientos, era la hora de irse. Nunca una tarde de trabajo se me hizo tan corta a pesar de que de los cuatro mapas que tenía por hacer solo logre acabar uno. Salí corriendo en tu busca y te besé apasionadamente mientras susurraba en tu oído: “Necesito que me folles ahora mismo”.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Simplemente Teresa

Estaba viendo una película cuando oí el ruido de la llave en la cerradura. Entró cantando como de costumbre. Enseguida el aire se llenó con su perfume y las mariposas de mi estómago se alborotaron inquietas. Llenó con su sonrisa el salón y vino directamente a sentarse sobre mis rodillas. Sus labios eran dulces. Soltó una risita al notar mi erección y volvió a besarme antes de levantarse apresurada diciendo que se iba a poner cómoda. Estaba ya casi en la puerta cuando se volvió y me dijo:
-¡Se me olvidaba! Tienes una postal.
Giró sobre sus talones y la extendió hacía mí ignorando mi cara de desencanto En ese momento lo único que me interesaba era volver a tenerla sobre mis rodillas.
-Por cierto, ¿Quién es Teresa?


Ella dormía con la cabeza recostada sobre mi hombro. Una mata de pelo negro y rizado cubría parte de su cara y hombros y bordeaba unos pezones pequeños y puntiagudos duros como la punta de clavo. Eran tan sensibles que en ocasiones no podía evitar estar horas y horas acariciándolos, lamiéndolos, retorciéndolos, mordiéndolos, atento a los cambios en su cara que el placer iba provocando.
Me encantaba ver como su cuerpo se arqueaba y una fina película de sudor cubría su piel sedosa segundos antes de que los gemidos fueran tan incontrolables que ella, en un afán inútil de no escandalizar a los vecinos, trataba de ahogar mordiéndose los labios. Me miraba entonces de esa manera tan particular suya, mezcla de súplica y desafío que daba a su cara aniñada ese aspecto de mujer fatal, viciosa e insaciable que tanto me excitaba, y que sin duda era uno de los atractivos principales entre su numerosa clientela.
Cuando el orgasmo estallaba en su mente, su cuerpo desmadejado se agitaba convulsivamente, empapado. Sus piernas hasta entonces abiertas esperando una penetración que no llegaba, se cerraban con tanta fuerza que las rodillas una contra la otra pasaban del blanco natural de su piel a un color casi traslucido. Se diría que huesos y venas pugnaban por escapar del estuche de carne que les rodeaba. Yo seguía acariciándola con suavidad, sin poder dejar de mirar su cara de satisfacción: mejillas encendidas, ojos cerrados, sonrisa de Mona Lisa. Dejaba escapar entonces esos gemidos de recién nacido que tanto me asustaron la primera vez que los oí porque pensé que lloraba.
A veces era malo, lo reconozco y antes que pudiera recuperarse mis dedos ya pellizcaban y retorcían esas pirámides oscuras que coronaban sus pechos excitándola de nuevo y provocándole un nuevo orgasmo mas fuerte que el anterior y antes de que el mecanismo secreto de su cuerpo la hiciera cerrar las piernas la penetraba con fuerza y me moría de gusto al sentir mi sexo aprisionado por las paredes palpitantes de su vagina. Me enervaba oírla gritar sin moderación mientras yo la embestía una y otra vez ciego de placer, inmovilizándola con mi cuerpo y fundiéndome con ella hasta que la sangre se me espesaba en algún punto de mi estómago, mi mente estallaba y me desplomaba sobre ella mientras me vaciaba en el infierno de su vientre.

No tenía un cuerpo de modelo pero a mí siempre me había parecido preciosa. Estar con ella era como internarse en un paisaje interminable de colinas por explorar que invitaban a perderse en ellas para siempre. Se conservaba bien a sus cuarenta años, era coqueta y aún en los momentos en que la pasión desencaja los cuerpos, enreda cabellos y diluye maquillajes ella sabía como sonreír, como entornar los ojos o simplemente como adoptar una pose lánguida de gata satisfecha que la hacía la más atractiva de las mujeres o al menos eso me parecía a mí, que nunca logré quitarme del todo el miedo, atracción y respeto que me provocó su aparición en el dintel de su puerta aquella primera vez.
Yo tenía veinte años y una calentura cultivada durante cuatro largos años. Cuatro años de amores solitarios y aventuras furtivas que acababan en un polvo apresurado que aliviaba el cuerpo momentáneamente pero que no se parecía ni remotamente a las fantasías acumuladas en intensas noches de toqueteos frenéticos y largos días de estudio y trabajo rodeado de mujeres que me consideraban el mejor amigo del mundo y no se planteaban ni por un momento que quizás también podía ser el mejor amante.
La idea de pagar por sexo me pareció descabellada desde el primer momento pero no la deseché y se enquistó en mi cerebro como quien no quiere la cosa y fue conquistando espacio con una velocidad de vértigo arrasando todas las imágenes que habían poblado mis más oscuros deseos durante años.
No sé que fue lo que me hizo decidirme pero después de leerme a fondo la sección de contactos la elegí a ella, quizás porque era la única que no ofrecía mil y una técnicas amatorias con absurdos nombres de idiomas.
El texto de su anuncio era escueto:
“Mujer de 40 años cariñosa y con ganas de hacerte feliz. Teresa, 659456382”
Recorté el anuncio y lo guardé en la cartera. Tardé más de un mes en sacarlo de allí, unas cuantas horas en llamar y unos cuantos titubeos antes de quedar con ella dos días después.
Su voz me decidió. Era grave pero cálida, sugerente, envolvente. Me hizo suspirar, estremecerme y derramarme empapado en sudor esas dos largas noches de espera tan solo con rememorarla. “No podía ser de otra manera”- pensé cuando pude ponerle cara y cuerpo.
-Pasa, no te quedes en la puerta-me indicó con una sonrisa franca y nada afectada.
Yo no sabía como comportarme pero todo fue más fácil de lo que pensaba. Ella era una profesional y tras cobrar por adelantado lo convenido, me hizo sentar en un sofá y me puso una copa de whisky entre las manos.
-Y bien corazón, ¿qué quieres exactamente?-dijo mirándome a los ojos y acariciándome la cara con dulzura, más como una madre que como una amante.
Apuré la copa de un trago y gasté mis últimos cartuchos de valor explicándole que no quería un simple mete-saca si no algo más personal, un poco de conversación, mimos, cariñitos... sin estar pendiente del reloj.
Sonrió y me beso en los labios con dulzura. Yo siempre había creído que las putas no hacían eso y desterré mi sorpresa y mi pánico al más remoto lugar de mi mente lo más rápidamente que pude y le devolví el gesto con un beso apasionado cargado de urgencias y deseos.
Poco a poco nos fuimos desnudando dejando un rastro de prendas desde el salón hasta la cama. No podía separarme de ella, mis manos exploraban sus curvas delirantes y el sabor de su piel explotaba en mi paladar como si de una fruta madura se tratara. La descubría y me descubría a mi mismo, temblaba con cada caricia suya y jamás creí que mi cuerpo fuera tan erógeno, nadie me había tocado así. Cuando subió sobre mi como una amazona indómita me abrasé en su fuego y le rogué a los dioses que aquello no fuera un sueño. Abrí los ojos de par en par para no perderme el espectáculo de su cuerpo balanceándose sobre el mío, de sus muslos robustos presionando mi cuerpo, de sus pechos subiendo y bajando, de su cara de vicio, de sus manos pellizcándome los pezones, de su culo golpeando mi cadera. Restringí los sonidos que llegaban a mis oídos para no perderme sus jadeos, sus gemidos de gata en celo, sus susurros, las palabras que decía para enardecerme y me olvidé que era una puta. Olvidé que había pagado por que me quisiera. Olvidé que yo era uno más y la amé, y la estreché entre mis brazos cuando simuló un orgasmo y la apreté bien fuerte mientras la volteaba y poniéndome sobre ella la penetré de nuevo mientras saboreaba aquellos pezones puntiagudos y conseguía, esta vez si, que su cuerpo se convulsionará y entre gritos nos corrimos los dos y la besé, y dejó de ser una puta para ser simplemente Teresa.

Sus piernas robustas apenas aparecían y desaparecían cubiertas por las sábanas. A ella no le gustaban y a mí me parecían maravillosas y me entretenía en descubrirle nuevos puntos sensibles con mi lengua. La primera vez que intenté hacérselo ella se resistió y no volví a intentarlo hasta un año después. Para entonces yo ya no era un cliente, me había convertido en su amante habitual primero y en un amigo después. Se dejó hacer reticente, más tarde me confesaría que nadie se había fijado en sus piernas y que eso era lo que había acabado de convencerla de que eran horribles. Empecé por los dedos del pie derecho, lamiendo despacio mientras acariciaba su pantorrilla, saboreé su empeine hasta llegar al tobillo, mordisqueé su talón deseando devorarla entera. Arrodillado ante ella, con su pierna sobre mis hombros, no podía dejar de mirar sus muslos abiertos, su sexo rojizo empapado, su pequeño clítoris asomando entre los suaves labios. Llegué a sus rodillas y toda ella era ya sensibilidad pura, al menor roce se agitaba, su piel erizada pedía más a gritos, sus pezones desafiaban a la gravedad de una manera espectacular y una sacudida recorrió su cuerpo cuando mi lengua se posó en su sexo, abriéndolo despacio para saborearla una vez más antes de volver a empezar con la otra pierna sabiendo que lo que ella deseaba en ese momento en tenerme encima taladrándola sin piedad hasta hacerla enloquecer. Su mirada me suplicaba y yo seguí despacio, arrancándole gemidos con mi aliento, glorificando con mis dedos y mi boca aquellos muslos de seda que me ahogaban y a los cuales no quería abandonar. Sentí llegar su orgasmo antes de que empezara a gritar cuando eche mi aliento sobre su clítoris y la penetre con mis dedos despacio pero cada vez más profundamente. Se arqueó y empujo mi cabeza contra su sexo, al instante mi cara quedó empapada con sus jugos mientras su vagina parecía querer cortarme los dedos a cada contracción. No le di tregua, sin sacarle los dedos la ayude a ponerse de espaldas y así a cuatro patas sustituí mis dedos por mi sexo ansioso y la embestí con fuerza como a ella le gustaba, mis dedos se clavaban en sus caderas y ella gritaba pidiéndome más deshaciéndose en una serie de orgasmos encadenados que parecían no tener fin. Caí rendido sobre ella, ebrio de placer sin haberme corrido pero feliz.
Con los años nuestra amistad se fue intensificando y los fines de semana se repartían entre su casa y la mía. Crecí a su lado y me dejé moldear por ella ávido de aprender todo lo que quisiera enseñarme. Fue una amante pero también una madre, una amiga y una hermana. Yo no le preguntaba por su trabajo y ella no me daba explicaciones. La nuestra era una curiosa relación de pareja, no había amor entre nosotros pero si una curiosa dependencia sexual que crecía al mismo tiempo que la amistad.

Ella se dio la vuelta sin despertar y automáticamente me pegué a su espalda, su sexo contra sus nalgas. Me aparté un poco de ella, levanté la sábana para mirar su culo antes de volverme a pegar. Me sorprendió que me pidiera que la azotara, apenas si la había visitado tres o cuatro veces, todavía era su cliente y en mis fantasías nunca había entrado la violencia. Ella me enseñó la diferencia entre violencia e incitación. Me hacía sentar en el sillón orejero de la sala y se tumbaba de espaldas sobre mis rodillas, con el tanga enredado en sus rodillas.
-He sido mala-me decía con una mueca traviesa en su cara.
La azotaba despacio con palmadas suaves, a cada golpe la carne trémula de sus nalgas temblaba y notaba como ella se arqueaba más, provocándome. Yo le seguía el juego, golpeándola cada vez más cerca de su sexo que ella consciente o inconscientemente dejaba al descubierto al abrir las piernas. La notaba caliente y cada vez más excitada y seguía con las palmadas al mismo tiempo que dejaba colar mis dedos por su raja húmeda y ávida de mí. Veía como se enrojecía su culo casi tanto como su cara y mi sexo crecía bajo ella aprisionado por los pantalones que ella cruel, no me había dejado quitar. Poco a poco sustituía los azotes por caricias, le separaba delicadamente los labios carnosos de su sexo y la masturbaba con toqueteos suaves en su clítoris y amagos de penetración hasta que no podía más y me pedía a gritos que la follara de una vez. Incapaz de resistirme, la tumbaba sobre la alfombra y desabrochándome a toda prisa el pantalón, sin acabar de quitármelo se me iba el alma entrando y saliendo de su sexo como un poseso mientras le susurraba al oído: “Creo que tendré que castigarte más a menudo” cosa que provocaba su orgasmo y como respuesta el mío.
Con el tiempo estos juegos se fueron espaciando al mismo tiempo que las visitas, cada encuentro era menos apasionado que el anterior y las confidencias sustituían a los orgasmos. La amistad sustituyó al sexo y la distancia apaciguó las llamas hasta que llego un día en que oír Teresa no me hizo hervir la sangre, ni me esponjó los huesos, ni me anuló la razón y comprendí que nuestro tiempo había pasado.

-Teresa... ¡es una larga historia! Si te portas bien y no tardas demasiado en quitarte ese traje antes de que te lo arranque a mordiscos... ¡Quizás te lo explique!
-Jajajaja ¡Eres un chantajista!- me dijo empezando a desabrocharse la blusa con un mohín de niña caprichosa.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

El Retrato

Nuestras miradas se cruzaron un instante, apenas el tiempo suficiente para reconocernos en medio de toda aquella gente que llenaba el vagón del metro. Una sonrisa iluminó nuestras caras al mismo tiempo que los dos desviábamos la mirada, como cada día desde hacía una semana. Desde aquel martes en que coincidimos por primera vez en el mismo vagón, a la misma hora y nos miramos con aire ausente, como se suele mirar en el metro.
Estábamos juntos aunque separados por docenas de personas durante tres paradas y luego él desaparecía entre la multitud, cargado de libros para volver a aparecer al día siguiente. No nos habíamos hablado, ningún gesto nuestro invitaba a un avance y sin embargo nos sonreíamos de forma instantánea al vernos.
Aquel día al bajar del vagón se le cayó una libreta al suelo. La recogí pero era demasiado tarde. Él, no se había dado cuenta de la pérdida y se perdía entre la gente del anden mientras el metro reanudaba la marcha.
Juro que no quería mirar pero mi curiosidad fue mas fuerte y nada mas llegar a casa me puse a ojear el cuaderno. En la cubierta su nombre, Javier Martín. Las siguientes hojas eran apuntes de matemáticas. Los números y las formulas, perfectamente alineadas, formulas perfectamente alineadas, rellenaban las hojas. Tenía una escritura redondeada y clara. Y utilizaba el rojo para subrayar títulos y frases importantes. Sin duda era un hombre muy ordenado. De repente... ¡Sorpresa! Un retrato a lápiz de una mujer desnuda, de rodillas, con una mano en el pecho y la otra en sus labios. No era una figura perfecta ni mucho menos. Caderas y piernas gruesas, barriga, pechos pequeños. El rostro era bonito enmarcado por una melena rizada, embellecido por la expresión de placer que se reflejaba en él.
De repente me di cuenta de que la mujer del retrato se parecía bastante a mi, pero no podía ser. Una casualidad sin duda.
Fui hasta mi habitación y me desnudé. Me puse de rodillas frente al espejo imitando a la mujer dibujada. Me solté el pelo y coloqué una de mis manos en el pecho izquierdo, la otra en los labios, lamiendo uno de mis dedos. Solo tenia que poner la expresión y .........¡Era yo!
Por increíble que me pareciera, aquel chico me había imaginado desnuda y lo había plasmado en su libreta de apuntes. Mi mente empezó a fantasear. Soñaba despierta que posaba para él. Acariciaba mi pecho, pellizcando suavemente el pezón endurecido. Lamía mis dedos, los pasaba por mis labios y me mojaba el cuello con ellos sin dejar de mirarme al espejo, como si él estuviera detrás captando mis movimientos para dibujarlos en un papel.
Me excité y mi mano descendió hasta mi sexo. Acaricié el vello suavemente, entreabriendo los labios. Mi única preocupación era que él me viera a través del espejo. Mis dedos tocaban levemente mi clítoris hinchado y notaba como me mojaba por momentos. Los gemidos llegaban a mis oídos amortiguados como si no salieran de mi boca. Chupaba mis dedos y mojaba con ellos mis pezones. El orgasmo llegó casi instantáneo y el espejo me devolvió la imagen de una figura desmadejada, mis muslos atrapaban una de mis manos, la otra sobre el suelo cerca del cuaderno abierto, la cara inclinada, ojos brillantes, labios entreabiertos. Ahora mi expresión era muy parecida a la del dibujo. Sonreí hacia mi reflejo y me besé a mi misma posando mi boca sobre la fría superficie.
Le di muchas vueltas antes de decidirme a devolverle la libreta. Me fascinaba su letra redonda y perfectamente alineada, sin borrones y el dibujo se había convertido en una obsesión y me masturbaba diariamente frente al espejo con el solo fin de que mi cara alcanzara el placer que él había dibujado en una hoja de papel.
Seguíamos viéndonos cada día y nuestros hábitos eran los mismos: mirada, sonrisa y olvido. Sin embargo en un par de ocasiones sus ojos se quedaron fijos en mi. Entonces yo notaba un cosquilleo en mi nuca, inevitablemente buscaba la causa y allí estaba él, a un palmo de mí interrogándome con su examen silencioso. Lo sabía, seguro que lo sabía y yo, cobarde como siempre, no me atrevía a ir más allá.
Hoy se lo devolví. Apenas me contesto con un gracias apresurado que me permitió oír su voz por primera vez. Era grave y a la vez suave, muy varonil. Sin duda sería un elemento más a añadir a mis fantasías solitarias.
Esperé todo el fin de semana una llamada suya. ¿Quizás no habría abierto el cuaderno? ¿Tal vez seguía en el fondo de su mochila? O mucho más simple, yo era una idiota rematada que me había hecho ilusiones sin ninguna base y encima me ponía en ridículo delante de él escribiendo mi número de teléfono y dirección a los pies del retrato. ¡Cómo podía ser tan infantil! Mi nerviosismo se incrementaba por momentos, el encierro voluntario se me hacía eterno. Recordaba cada palabra que escribí junto al retrato: “Llámame. Te necesito. Laura”
Le enviaba mensajes mentales creyendo ciegamente en la telepatía. Pronunciaba su nombre una y otra vez, pero nada funcionó. El aparato se obstinaba en seguir mudo y yo ya estaba anímicamente destrozada y con una decisión tomada. No volvería a verle, cambiaría el horario.
Eran las doce de la noche del domingo cuando el sonido metálico del teléfono me despertó. Me había quedado dormida en el sofá. Miles de hormigas se instalaron en mi estomago aún antes de descolgar el auricular. ¿Sería él?
-Si, diga.
-Me gustaría que te desnudaras y posaras para mí.
Mi respiración se aceleró. Era él. Tardé unos segundos eternos antes de contestar. En mi mente reinó el caos. Se había llenado en un instante de imágenes suyas mezcladas con retratos a medias y con mi cuerpo desnudo.
-De acuerdo- atiné a decir -¿Qué debo hacer?
-Deja la puerta de tu casa abierta. Desnúdate. Coge el foulard rojo de seda que llevabas el otro día y véndate los ojos. Espérame de rodillas en tu salón.
Colgó. Mecánicamente seguí sus instrucciones. Mil y una dudas me asaltaban. Tenía miedo y a la vez estaba más excitada que nunca. Mis nervios estaban a flor de piel, pero no había marcha atrás.
Llevaba un par de minutos arrodillada en el salón cuando oí cerrarse la puerta de la calle. Mordí ligeramente mis labios para no gritar. Estaba arriesgando mucho. No sabía quien era el dueño de los pasos que se acercaban a mí.
Sus labios sobre los míos me relajaron al instante. Fue un beso largo pero suave. Soltó mi pelo y éste cayó sobre mi espalda y pecho cubriendo a medias mi desnudez. Sus manos acariciaban mi rostro, limpiando las dos lágrimas tontas que se deslizaban por mis mejillas. ¡Era feliz! Sus dedos recorrieron todo mi cuerpo: el cuello, los pechos, mi abdomen, mis muslos, mi columna. Me hacía saltar como un resorte, tenía toda la piel erizada, me sentía deseada y quería que aquel hombre me poseyera salvajemente.
Creo que podía leer mi pensamiento porque me susurro al oído mientras mordisqueaba el lóbulo de la oreja “Tranquila cariño, disfruta del momento”.
Sus dientes marcaban mis pezones, imperceptiblemente primero, con suavidad después y por ultimo con avidez. Esa mezcla de placer y dolor me hacía gemir cada vez más fuerte. Descubrió mis ojos y me miró sin dejar escapar su presa de su boca. Buscaba mi aceptación cuando de sobras sabía que me tenía rendida.
Separo un poco mis muslos y su lengua recorrió mi sexo húmedo, ansioso de él y subió hasta mi boca para compartir el sabor salado de mi sexo.
Una de sus manos recorría mi espalda mientras que la otra hundida en mi sexo, acariciaba los suaves labios, entreabriéndolos y alcanzando mi clítoris. Estaba al borde del orgasmo cuando de repente dejo de besarme, su caricia se hizo más suave y mirándome a los ojos me pidió que me masturbara para él mientras me dibujaba.
No lo dude y mis dedos sustiyeron a los suyos en mi sexo y volví a pellizcar mis pezones sin dejar de acariciarme. Me balanceaba lentamente para incrementar el placer mirándole fijamente a los ojos.
El lápiz se movía rápidamente sobre el papel y su cara expresaba un placer dolorosamente contenido cada vez que me miraba y me oía gemir. Su sexo erguido ante mí palpitaba y brillaba cubierto de diminutas gotas de semen imposibles de contener.
Era una imagen tremendamente sexual, mucho más erótica que cualquiera de mis fantasías de días atrás. Mi vagina se contrajo alrededor de mis dedos, jadeaba y cerrando los ojos me abandoné al placer. No se había disipado aún el orgasmo cuando le sentí tras de mí. Me mordía la nuca. Acariciaba mis pechos y me inclinaba suavemente hacia delante hasta acabar a cuatro patas. Su sexo se hundió en mi lentamente, gozando cada milímetro de su avance hasta acabar llenándome. Me cogió de las caderas y me empujó contra él fuertemente. La pasión contenida se desbordó, el instinto sustituyó lo aprendido, los movimientos eran cada vez mas rápidos, sus manos eran garras clavadas en mis caderas, gritábamos y un nuevo orgasmo me sacudió. Todo mi cuerpo temblaba pegado al suyo y él seguía envistiéndome ajeno al cansancio, encadenando mis orgasmos hasta que con un grito cayó sobre mí. Sentí su semen caliente inundar mi vagina que palpitaba fundida a su pene.
No sé cuanto tiempo permanecimos así, tumbados sobre el suelo uno sobre el otro. No quería moverme para no deshacer la magia del momento. Su aliento en mi nuca hacía que mi excitación no disminuyera. Los dedos de una de sus manos jugaban con mis pezones que estaban muy sensibles tras la serie de orgasmos, la otra acariciaba mis muslos ascendiendo hasta mi sexo, notaba su sexo endurecerse sobre mis nalgas.
Uno de sus dedos empapado en mis jugos acariciaba mi ano, mojándolo y penetrándolo lentamente. Todo mi cuerpo se tensó expectante ante la nueva caricia.
-Relájate mi amor, lo voy a hacer muy suavemente. Te gustara- Me dijo tranquilizadoramente ignorando que yo lo deseaba tanto como él. Poco a poco su dedo fue entrando en mi, sus besos por mi cuello se incrementaron, su otra mano acariciaba los labios de mi sexo recorriéndolos poco a poco, rozando mi clítoris levemente, enredándose en mi vello. Otro de sus dedos acompaño al primero iniciando un leve movimiento. Mis caderas que buscaban mas placer se movían hacía él. Sus dedos fueron sustituidos por su sexo, un leve dolor fue rápidamente transformándose en una sensación indescriptible. Me gustaba tenerle allí, lo deseaba cada vez más. Sus manos agarraban mis caderas, mis pechos, tiraban de mi pelo. Sus gemidos eran roncos. Nuestros cuerpos ardían y de nuevo el placer se derramó entre nosotros. Lo ultimo que vi antes de dormirme entre sus brazos fue mi retrato caído en el suelo cerca de nuestras caras aun más hermoso si cabe que el que yo ya conocía.
A veces me parece reconocerle entre el montón de gente que llena los vagones del metro. Busco su mirada huidiza, su sonrisa y el cuaderno marrón que siempre le acompaña pero hace mucho tiempo que no nos encontramos aquí, exactamente dos años.
El principio de nuestra vida en común vino acompañado de un cambio de trabajo y en consecuencia el final de nuestros viajes compartidos. Lo añoro y él lo sabe y cada noche trata de compensarme con una nueva caricia, un dibujo improvisado o una flor recogida en el camino.
Hoy creo que lo veré, no trabaja e imagino que encontrará mi nota junto a al retrato de nuestros cuerpos desnudos entrelazados: “Línea azul. 22.30, vagón seis. Te necesito. Laura”

domingo, 30 de noviembre de 2008

Cuidado con lo que deseas

Supe que acabaría entre tus brazos otra vez, desde el momento en que oí tu voz a través del móvil. No puedes imaginarte lo que sentí al escucharte. Una corriente eléctrica recorrió mi cuerpo erizándome la piel.
Tu decías algo sobre vernos pronto y yo... yo ya estaba saboreando tu boca.
Hablabas de tu regreso y de lo mal que lo habías pasado y yo recordaba que la última vez que nos vimos, una semana antes de que te fueras, hicimos el amor.
Hacía más de un año que no follábamos. Por que lo nuestro, no nos engañemos, siempre había sido puro sexo. Nos queríamos, sí, pero como hermanos. Incestuosos, si te gusta más, pero hermanos.
Esa noche fue diferente. Quizás ambos sabíamos que íbamos a estar mucho tiempo sin vernos, o tal vez porque nos queremos más de lo que nos gusta reconocer, o simplemente añorábamos el contacto de nuestra piel.
Todo empezó de forma inocente. Compartíamos cama y era absurdo ponerse un pijama por falso pudor cuando, ni a ti ni a mí, nos gusta dormir con ropa.
Por inercia y ayudados por el frío, adoptamos nuestra postura habitual. Yo acurrucada entre tus brazos con la cabeza sobre tu pecho.
-¡Estas helada!-exclamaste pegándote más a mi.
Hablamos durante horas. Tú, sobre la maravillosa mujer que había sido capaz de atraparte. Yo sobre el interesante hombre que acababa de conocer. No te habías marchado y ya te echaba de menos.
No recuerdo quien beso a quien, pero no he olvidado lo dulce que resultó aquel beso y las caricias que lo acompañaron. Esa noche no hubo relatos excitantes, ni palabras obscenas, ni jueguecitos de amos y sumisas. Esa noche nos amamos en silencio, lentamente.
Tu boca se fundía con la mía y nos mecíamos con el suave vaivén de nuestros cuerpos que apenas se atrevían a separarse de tan doloroso como resultaba.
Me moría de ganas de decirte: "Te quiero", pero no lo hice.
Cuelgo el teléfono. Hemos quedado para el lunes. ¡Qué tres días más interminables me esperan! Estoy excitada como hacía tiempo que no lo estaba. No dejo de pensar en ti. ¿Sentirás tu lo mismo?
He cambiado mucho. Imagino que tu también. No dudo de nuestra amistad, eso no. Pero ese deseo súbito que me mantiene en perpetuo estado de excitación... Algo me dice que te ocurre lo mismo y me aterra y me encanta por igual.
Fantaseo con que me beses nada más verme y sin hablarme me atraigas hacía ti y busques mi pecho sobre la ropa sin importarte que la gente nos mire y me lleves a uno de esos cutres meubles que solías frecuentar con tus conquistas. Y una vez allí, como dice la canción, te olvidaras de que soy una señora y me trataras como una puta. Una de esas que sueñas con tener en tu harén particular. ¡Qué fácil es soñar! Lo más probable es que no pasemos del abrazo y los dos besitos de rigor antes de ir a tomar un café.
Por fin ha llegado el momento. Se me ha desbocado el corazón cuando te he visto en la acera de enfrente braceando para llamar mi atención.
El semáforo se ha puesto en verde, vienes hacía mi. Me abrazas con fuerza, buscas mi boca. Tu lengua se enreda con la mía. Cierro los ojos, me dejo llevar. No quiero despertar.

lunes, 25 de agosto de 2008

Besos a través del cristal

Todos los días eran iguales para Eva. Por la mañana el trabajo, las mismas caras, los mismos gestos, la misma máquina empeñada en estropearse cada vez que intentaba escaquearse un poco para soñar con algo mejor y luego su casa, allí la cosa no mejoraba, un plato de comida recalentado sobre la mesa y como única compañía su soledad. A media tarde ¡las inevitables compras! A veces acompañada, en las raras ocasiones en las que su marido estaba despierto, la mayoría sola.
Solían cenar juntos frente al televisor, éste y la rutina se abrían camino entre ellos y cada vez era más difícil mantener un diálogo, eso las pocas veces que lograban iniciarlo.
Eva empezaba a vivir a las nueve y media de la noche justo cuando la puerta de casa se cerraba tras Carlos. Ponía en marcha el ordenador, se vestía con su mejor camisa de dormir y estrenaba aquella lencería que jamás se había puesto delante de él.
Manuel la esperaba tras el monitor a unos cientos de kilómetros, siempre puntual a la cita. La cara de Eva se iluminaba y su sonrisa borraba las arrugas que durante el día marcaban su rostro. Desaparecía la fatiga y el tiempo se detenía. Sus labios carnosos de un color intenso se acercaban a la pequeña cámara juntándose, gracias a la ciencia, con los de él. Uno, dos, tres, infinitos minutos ¡Sabía tan dulce aquel beso!
Las manos de él dibujaban su figura en el aire y ella se estremecía sintiendo su calor. Ella simulaba desabrochar los botones de su camisa y Carlos lentamente materializaba esos gestos. Su pecho era ancho, muy moreno y cubierto de vello. A Eva le encantaba pasar su mano por él lentamente. No era excesivamente guapo pero eso no tenía la menor importancia.
-Te quiero- decía él y la boca de ella lo callaba con un beso. No quería pensar en sentimientos, tan solo disfrutar del momento, a pesar de que en el fondo sabía que se estaba enamorando.
Las manos de Eva deslizaban los finos tirantes rojos y la seda caía arremolinada en su cintura. Sus pechos desafiantes enloquecían a Manuel. Los besaba, acariciaba, lamía sus pezones y ella humedecía sus dedos en su boca los pasaba por sus senos, pellizcaba sus pezones, inclinaba su cabeza sacando la lengua tratando de lamerlos siguiendo los movimientos que él hacía.
-Cariño, ponte de pie. Me gustaría tanto ver todo tu cuerpo.
Eva se erguía frente a la cámara, se colocaba de espaldas a ella. Dejaba caer el camisón al suelo y se doblaba hacía delante exhibiendo sus nalgas realzadas por la fina tira del tanga negro.
-Dios, eres preciosa-jadeaba él.
Entonces se giraba poco a poco y frente a él introducía sus dedos por el elástico de la pequeña prenda y poco a poco iba dejando al descubierto su sexo completamente depilado, tal y como él le había sugerido la última noche que estuvieron juntos. La expresión de su cara, totalmente diferente al gesto de asco de Carlos, compensaba las discusiones que había tenido que soportar por este motivo.
-Desnúdate cariño, te deseo-le pedía ella –Me encantaría lamerlo, besarlo, acariciarlo-decía mirando el sexo excitado de Manuel mientras él se acariciaba enardeciéndose aún más.
Eva sentada al borde de una silla colocaba sus piernas abiertas apoyadas sobre una mesa en una posición acrobática que dejaba su sexo abierto para él. Sus dedos, entonces, se deslizaban por la rosada piel brillante de humedad.
-Mi amor imagina mi boca recorriéndote, mis dedos entrando en ti-gemía Manuel.
-Si, siento el calor de tus besos, tu lengua sabia sobre mi clítoris recreándose en él. Mis manos sobre tus nalgas atrayéndote hacía mí, hasta tener tu sexo totalmente dentro de mi boca. Juego con él metiéndolo y sacándolo lentamente, lamiéndolo y aprisionándolo de nuevo con mis labios.
Los dedos de Eva anegados se hundían en su vagina palpitante acariciándose al mismo tiempo sus pechos y su clítoris hinchado. Sus gemidos se incrementaban.
-Mi vida ¡quiero estar dentro de ti! Penetrarte poco a poco gozando la tibieza de tu piel, quiero abrazarte fuertemente, hundir mi cabeza en tus maravillosos pechos y moverme en tu interior cada vez más rápido.
-Ohhhh, siiiiiiiiii, sigue mi amor.
Gotas de sudor perlaban la frente de Manuel al mismo tiempo que sus manos apretaban su pene cada vez mas duro acelerando los roces de sus manos sobre él.
–Ummmmm, no sabes como te deseo. Me quedare dentro de ti para siempre. Pon tus piernas sobre mis hombros. Ummmm ¡estas tan mojada!
-Más fuerte, cielo, ¡más fuerte!
-Si mi amor ¿Me notas? Cada vez te penetro más y más adentro. Eres deliciosa. Tus manos agarran mis hombros clavándome las uñas a cada embestida. No paro de entrar y salir de ti. Estoy a punto cielo, no creo que pueda aguantar mucho más.
-Hagámoslo juntos. Ammmmm ¡ahora cariño, ahora!
Las piernas de Eva se cerraban atrapando con fuerza su mano hundida en su sexo. Temblaba y su cuerpo estaba empapado de sudor. Un gemido largo y apenas perceptible escapaba de su boca.
Al otro lado del cristal, Manuel se derramaba con un grito ahogado y caía rendido sobre su silla. Su semen resbalaba sobre sus manos y sus piernas dejando un rastro blancuzco.
-Cada día te deseo más-lograba musitar.
Volvían a unir sus labios unos minutos eternos, todavía excitados y con el deseo a flor de piel. Después sus imágenes desaparecían momentáneamente y volvían a encontrarse minutos mas tarde, más tranquilos y serenos. Hablaban largo rato, se contaban las cosas cotidianas, se besaban de tanto en tanto e imaginaban su encuentro en la vida real. Conocían la fecha, tenían el hotel, habían planificado cada una de las horas de los dos días que pensaban estar juntos. Ambos habían encontrado una coartada convincente que tranquilizaría a sus parejas y tan solo faltaba un mes para que su relación fuese auténtica. Sin embargo, en el fondo, los dos intuían que esto no sucedería jamás y que uno de los dos abandonaría la idea en el último momento pero era tan maravilloso pensar en ello.
Eva se iba a dormir con un sabor agridulce en sus labios, Manuel se había convertido en el centro de su vida, y tan solo la certeza de un nuevo encuentro al día siguiente le daban fuerzas para soportar su aburrida vida. Aunque a veces cuando recordaba fríamente esos encuentros se avergonzaba y se prometía a si misma que no volvería a masturbarse delante de él sabiendo de antemano que el deseo sería más fuerte que su voluntad.

Imagen de Sorgin

viernes, 25 de julio de 2008

Día Mundia del BDSM

Cuando me decían que existía un día para casi todo no acababa de creermelo pero vaya... parece que sí. Ayer, 24 de julio, era el Día Mundial del BDSM y bueno... se me ocurrió que un pequeño relato de dominación suave podía ser adecuado para conmemorarlo.
Espero que lo disfrutéis.


SOMETIENDO A LAURA

-Srta. López, la espero en mi despacho en diez minutos.
No estaba seguro si mi tono de voz había sido sufientemente serio. Me gustaría que a ella le haya quedado claro quien es el que manda aquí.
Dos leves toques anunciaron su presencia antes de que se abriera la puerta.
-Pase y quédese en pie frente a mí.
Me hizo gracia su cara de desconcierto pero me mantuve serio. Era una mujer de costumbres por lo que hoy también vestía vaqueros desgastados y camisa clara abrochada, como siempre, un botón por encima de lo que a mí me hubiera gustado. Llevaba el pelo recogido en una coleta que la hacía parecer más formal de lo seguramente era. No iba maquillada a excepción de los sempiternos labios rojos.
-Se preguntara por qué la he llamado.
-Sí -contestó sin apenas mirarme.
-Hace un año que esta con nosotros y tengo que decidir si pasa a formar parte de la plantilla de forma indefinida o si decido prescindir de sus servicios.
Esbozó un gesto de pánico y esta vez si me miró.
-Lo cierto es que no estoy contento con su trabajo, creo que usted podría dar mucho más.
-Pe...ro- balbuceó.
-Déjeme hablar. Es usted muy maleducada.
Bajó la vista mordiéndose el labio inferior. Su cuerpo pareció empequeñecerse. Su aspecto desvalido la hacía irresistible.
-Quiero darle una oportunidad aunque dudo que usted pueda comprometerse y asumir las nuevas tareas que se le impongan.
-Por supuesto que sí- exclamó esperanzada.
-Mal empezamos si no es usted capaz de mantener esa preciosa boquita callada.- No pareció darse cuenta del cambio de tono o tal vez prefirió ignorarlo. Veríamos hasta donde llegaría.- Le conviene un cambio de departamento y como no me fío de usted. Si se queda, pasará a ser mi asistente personal, y trabajará junto a mí en este despacho.
Me miraba sorprendida sin atreverse a hablar. Jugueteaba con los dedos nerviosa.
-¿No va a decir nada?- le pregunté aturdiéndola.
-No sabía si podía...- Otra vez esa cara de desamparo. ¡Estaba disfrutando como nunca! -¿Qué tipo de tareas deberé realizar exactamente?- preguntó por fin.
Había llegado el momento de poner las cartas sobre la mesa y ver si mi impresión sobre ella era falsa o no.
-Deberá cumplir todas y cada una de mis órdenes por extrañas que parezcan y sin cuestionarlas, por supuesto.- Ya estaba dicho y ella no reaccionaba.- Si acepta, aquí tiene la documentación que tiene que firmar. Si no, ya puede irse a casa. En unos días le llamarán para que recoja la liquidación.
-De acuerdo- dijo con gesto adusto. -Me quedo con usted.
Mmmmm, la cosa se ponía interesante. Posiblemente no había errado con ella.
-Muy bien. Srta. López sepa usted que ha tomado una decisión importante por lo que, antes de firmar nada, creo que es conveniente que realice usted una prueba que me demuestre que está a la altura del puesto que va a desempeñar.- De nuevo el miedo en sus ojos. -Haga el favor de quitarse esa ropa de oficinista. No le queda nada bien.
Su indecisión era total y las manifestaciones de su cara impagables: estupor, rabia, miedo, rechazo... ¿Se quedaría? Finalmente bajo la vista y empezó a desabrocharse la camisa. ¡Lo sabía! pensé para mi.
Su blanca piel se iba descubriendo poco a poco. No sé si su lentitud era producto de la vergüenza o lo hacía a conciencia para provocarme más. Porque si de algo estaba seguro ahora, es que bajo ese aspecto de niña buena se ocultaba una zorrita en potencia.
No tenía demasiado pecho pero el wonderbra que usaba le marcaba un canalillo muy seductor. Dudó un poco con el vaquero pero por fin me dejó ver sus piernas y el pequeño tanga transparente que cubría su sexo. Una prenda nada discreta, por cierto.
Decidí ponerla un poco más nerviosa y levantándome me dirigí hacía ella mirándola con descaro. Recogí la ropa que había caído al suelo, la puse sobre una silla y me coloqué a su espalda, casi rozándola.
-No me gusta la gente desordenada. Ya sabe lo que tiene que hacer con el resto de la ropa que aún no se ha quitado.
Dio un respingo y volvió a vacilar. ¡Le hubiera arrancado yo mismo ese sujetador! Volví a mi mesa completamente seguro de que ella iba a seguir cumpliendo mis mandatos. Me quedé de pie, apoyado en el tablero frente a ella. Apenas nos separaban dos metros.
-No creo que esto sea necesario- murmuró.
-Si no desea continuar vístase y váyase a casa. No me equivocaba con usted al pensar que es incapaz de cumplir lo que se lo ordena.
Con gesto vencido se quitó por fin el sujetador y el tanga, los colocó sobre el resto de la ropa y se quedó inmóvil tapándose con las manos su vientre.
-Aparte las manos de ahí, quiero verla bien.
Con la cara enrojecida y una mirada de furia lo hizo sin protestar. Estaba bellísima. Sus senos pequeños pero erguidos parecían desafiarme y para mi sorpresa llevaba el pubis totalmente depilado.
-Dese la vuelta.
La visión de su culo disparó mi excitación. Demasiado grande según los cánones, perfecto ségún mi criterio bastante alejado de las modas actuales.
-Abra las piernas e inclínese hacía delante. Así no la puedo ver bien.
Me hubiera gustado tener un espejo frente a ella para ver su rostro. No creo que le hiciera mucha gracia exponerse de aquella forma tan impúdica. Sus nalgas prominentes no lograban ocultar del todo un pequeño anillo rosado y prieto circundado por miles de arruguitas pero los presumiblemente suaves labios de su sexo se habían separado lo sufiente como para permitirme ver con claridad un pequeño botoncito de carne roja un poco más allá del inicio oscuro y tentador de su vagina.
Me aproximé a ella y sin preámbulos hundí uno de mis dedos. ¡Estaba mojada! Lo saqué empapado y rocé su clítoris antes de volverlo a meter en aquella deliciosa sima.
-Tantos escrúpulos y resulta que es usted una zorra- le dije siguiendo la secuencia iniciada de meter-sacar-rozar-meter. Ella gemía levemente incapaz de controlar su cuerpo. Recibía las vibraciones de su sexo a través de mis dedos. ¡Estaba cachonda perdida! Movía la cadera adelante y atrás. Primero acompañaba mis dedos, en aquel momento ya eran tres los que la penetraban, después perdió el control. ¡No era yo quien la masturbaba era ella quien se estaba follando a si misma con mis dedos! Se corrió entre gritos sofocados ¡Menudo espectáculo! Saqué como pude los dedos aprisionados y volví a mi posición anterior delante de la mesa. Toda su piel estaba cubierta por una fina película de sudor. De su sexo brillante se deslizaban hacía los muslos hilillos de un flujo blanquecino y apetecible que por esta vez no iba a probar. Ya habría tiempo.
No quise darle un respiro.
-Póngase a cuatro patas y venga hacía mí- ordené con voz ronca mientras me desabrochaba los pantalones y liberaba mi polla de su encierro. -Imagino que una zorra como usted no necesita más instrucciones- le dije acariciándome frente a su cara.
Sus labios aprisionaron mi sexo y casi me voy a la primera succión. Dominándome, la así por la coleta y empecé a follarme su boca sin importarme las muecas desesperadas que hacía por coger aire ni las lágrimas que escapaban de sus ojos. Tenía una boca pequeña y deliciosa que mi sexo llenaba por completo. ¡Que gustazo correrse en ella! Pero no, hoy me apetecía más romperle ese culo que pedía a gritos ser penetrado. Así que con un autocontrol que ni yo mismo sabía que tenía, me aparté de su cara, la levanté y la tumbé de espaldas sobre mi mesa.
Empezó a resistirse cuando se dio cuenta de lo que yo pretendía hacer pero la tenía firmemente sujeta.
-No, por ahí no- gritó al sentir la presión de mi polla en su cerrado anillo.
Seguí apretando sin hacerle caso. Ella se agitaba pero ya mi glande había vencido la resistencia de su carne. Con un empujón logré meterla toda. Ignorando sus gritos continué moviéndome dentro de aquel canal estrecho que enfundaba mi sexo. Salía y entraba sin detenerme. Sus gritos se iban transformando en gemidos. ¡Le estaba gustando! Elevaba la cadera cada vez que la envestía y su trasero palpitaba de una forma...mmmmm ¡Era como si me ordeñara!
-No te pares- gemía. Y yo... no podía más pero seguía. Sus piernas temblaron mientras se corría entre jadeos. ¡A la mierda el autocontrol! pensé mientras llenaba aquel glorioso culo con lo que a mi me parecieron litros de esperma y me dejaba caer sobre ella.
Salí despacio de su interior besándole la espalda. La cogí en brazos, la tumbé en el sofá y la cubrí de besos y caricias. Ella se dejaba mimar con los ojos entrecerrados y una sonrisa preciosa iluminaba su cara.
-Te quiero- le dije abrazándola.- Gracias por este maravilloso regalo.
-¡Qué menos! No todas las parejas duran diez años juntos. Por cierto... ¿Sigo conservando el empleo?- dijo entre carcajadas mientras yo la estrechaba entre mis brazos.
Nos vestimos y dejamos el despacho tal y como lo habíamos encontrado. Pensé en la cara que pondría mi jefe si supiera lo que había pasado sobre su mesa. Alguna ventaja tenia el hecho de tener las llaves de la oficina. Claro que... Cuando Laura me lo propuso no lo tenía muy claro. ¡Solo faltaba que a alguien le diera por hacer horas extra un sábado por la noche! Pero esta mujercita mía es muy persuasiva y... ¿A quien no se le ha pasado nunca por la cabeza hacer realidad sus fantasías?

miércoles, 27 de febrero de 2008

Instintos

Un destello de luz ilumina mi mente y paso de ser la protagonista de la escena a ser una mera espectadora, y me veo ahí, sentada en el water, medio desnuda, chupándote la polla y masturbándome mientras me magreas las tetas.
"¿Qué estoy haciendo aquí"- me pregunto instantes antes de que empieces a tironear suavemente de mis pezones haciendo que desaparezca el instante de lucidez. Un zigzagueo de placer me recorre de arriba abajo, de abajo a arriba.
Entreabro los ojos y tu cara es pura mueca. Me excita verte así e incremento la presión de mis labios en la base de tu sexo. Se te escapa un gemido.
"Te juro que va a ser la mejor mamada de tu vida"- pienso y me concentro en besar, lamer y chupar tu polla como si fuera la cosa más importante del mundo sin dejar de acariciarme el clítoris cada vez más hinchado y sensible.
El ruido de la puerta del lavabo abriéndose y cerrándose, toses, voces, el agua corriendo por el lavamanos llega hasta a mi amortiguada, como para recordarme donde estoy. Mi mente los descarta y se recrea en el sonido de mi boca succionándote, tus jadeos ahogados, mis gritos silenciados.
Me invade tu olor, el olor de tu sexo pegado a mi nariz. Empiezo a temblar cuando cojes mi cabeza y empiezas a follarme la boca con un ritmo frenético sin dejar de pellizcarme los pezones. Noto ese sabor salado que anuncia que ya no puedes más y me dejo llevar. El goze es indescriptible e intento alargarlo presionando con fuerza con el índice en ese punto exacto que me hace perder la razón.
Con un rugido ahogado te derramas en mi boca. Nos miramos con deseo y te separas de mi. Me abrazas y besas con ansia, tu lengua busca la mía y ambas se pierden en una mezcla explosiva de saliva y semen.
Me aprietas contra ti sin dejar de besarme, lamiendo el líquido viscoso que se escurre por mi barbilla, mordiéndome los labios. Tu sexo se endurece contra mi vientre. Te deseo.
Separarse resulta casi doloroso pero me apartas con suavidad, me giras de espaldas a ti y me inclinas dejando mi cabeza pegada a la tapa del water. Es curioso como en un momento así soy capaz de fijarme en cosas tan absurdas como la suciedad del suelo o las juntas ennegrecidas del alicatado de la pared.
No logro silenciar un gemido cuando me penetras. Afuera se oyen unas risas y pasos apresurados hacía la puerta. Me follas con fuerza sujetándome firmemente por las caderas. Hace mucho calor, estamos empapados. Me agarro con fuerza a la taza del inodoro para no caerme, cada vez empujas más fuerte como adivinando que quiero más, que lo quiero todo. Me derrito y me muerdo los labios para no gritar. El mundo desaparece. Todo es placer. Con un gemido caes sobre mi. Palpitas, palpito y permanecemos así hasta acompasar la respiración.
El momento paso, la realidad se impone y me besas suavemente antes de decirme que tienes que irte.
Nos limpiamos como podemos, nos vestimos y sales tu primero para comprobar que no hay nadie fuera. Atravieso corriendo el lavabo de hombres y entro en el de mujeres para retocarme un poco. Quizás un poco de pintalabios y perfume logre alejar de mi esa sensación de suciedad que empieza a invadirme. Recuerdo tu cara cuando te corrías y un hormigueo agradable se instala en mi vientre.
Me acompañas al metro.
-Espero verte pronto- dices dándome un beso en la mejilla.
-Yo también- contesto a media voz mientras empiezo a bajar la escalera, deseando dar la vuelta y que me folles otra vez.

martes, 27 de noviembre de 2007

Hormigas en el estómago

Entre copas y risas has vuelto a hacerlo. ¡Qué malvada eres!
-Te quiero mucho- dices dándome un pico y las hormigas vuelven a recorrer mi estómago. Sabes de sobra que me muero por besarte, por tocarte, por acariciarte y juegas conmigo a un sí es o no es.
¿Cuánto hace que nos conocemos? Seis, ocho, diez años y sigues tan deslumbrarte como siempre. Y lo sabes, canalla. Y lo explotas a conciencia exhibiendo tu pecho con generosos escotes y luciendo tus largas piernas apenas cubiertas por algo a lo que tu llamas falda y que yo siempre he pensado que no era más que un cinturón ancho.
No te imaginas el trabajo que me cuesta reprimirme y no meter mi mano entre tus piernas cada vez que te sientas a mi lado de forma desenfadada, dejando entrever algo más que tus muslos mientras te ríes de algún chiste tonto de tu chico o del mío.
He soñado tantas veces con tocar tus pechos, que el día en que me pediste que te pusiera bronceador casi me desmayo de placer al notar tu piel ardiendo bajo mis manos.
Y mira lo que te digo, tienes suerte de que sea una mujer responsable y un tanto estoica, porque ese día, te lo juro, no hubiera dejado un centímetro de tu piel sin lamer. Y quien sabe, ¡Igual te hubiera gustado!
Cuando te veo bailando, contoneándote como una hurí frente a mi, me asaltan todo tipo de pensamientos y ninguno casto, te lo puedo asegurar. Y más, cuando me guiñas un ojo, cojes mi mano y me dices al oído -Vamos a ponerlos cachondos- e inmediatamente pegas tu cuerpo al mío bailando una especie de lambada-reggaton.
¡A mi si que me pones cachonda! Con esa forma de restregar tu cuerpo con el mío y ese olor mezcla de perfume y sudor que emana tu cuerpo. Te comería a besos.
Si supieras la de veces que te he hecho el amor en mis sueños, no me darías piquitos en los labios tan alegremente.
Te he bañado deslizando la esponja por tu espalda inacabable, rozando tus pechos, acariciando el interior de tus muslos y provocándote un orgasmo tras otro al acariciarte.
Te he atado en mi cama y he enterrado mi cabeza en tus piernas, bebiéndote hasta hacerte gritar de placer.
Te he penetrado una y otra vez con mis dedos ansiosos, mientras gemías sin parar.
He jugado a llevarte al límite con mis caricias hasta hacerte suplicar que te follara de una vez.
Pero claro... ¡Cómo vas a saber tú todo esto! Tan sólo soy tu amiga. Una amiga callada y fiel con la que reírse, hablar y tomar un café y a la que de vez en cuando te encanta provocar porque...
en el fondo, lo sabes y te encanta. ¡Bruja!
Has vuelto al lado de tu chico, el mío acaricia mi mano, las hormigas se calman, el sabor de tus labios desaparece. Todo sigue igual.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

El regalo de Irene

Cuando Irene me dijo que tenía un regalo para mi, jamás imaginé que se trataba de llevar a cabo una de mis fantasías más antiguas, la de mirar sin ser mirados. Nunca he sido demasiado voyeur pero tenía ese sueño desde que vi en una película una escena parecida.
La cosa consistía en tener a Irene desnuda entre mis piernas utilizando su boquita, mientras yo, cómodamente sentado en un sillón, observo a una pareja retozando. Por supuesto, ellos ignorarían que alguien les mira tras el espejo que cubre la pared.
Sin embargo soy realista y nunca pensé que una fantasía así pudiera hacerse realidad. Además me resultaba ya bastante excitante escuchar a Irene inventándose situaciones parecidas con parejas conocidas. Mi chica tiene una imaginación portentosa y no se como se las arregla para acabar descontrolándome siempre.
Total, que ignoro como se las ha ingeniado, pero aquí estamos, en una habitación pequeña que tiene como única decoración un sillón frente a un espejo que ocupa toda la pared.
Irene sonríe picarona. -¿Es así como te lo imaginabas?
-Ven aquí- le digo cogiéndola por la cintura. -Eres una chica muy mala-.
-Y te encanta que lo sea- me dices mientras me empujas suavemente hacía el sillón -Y ahora... te vas a quedar sentadito y vas a disfrutar de todo lo que pase.
No sería yo quien le llevara la contraria. Así que me acomodé mientras ella se desnudaba frente a mi, en el estrecho espacio que había entre el sillón y el espejo. Cuando se arrodilló yo ya estaba que me salía y temí que en cuanto me tocará me correría como un adolescente inexperto.
-Mmmmm, mira lo que tenemos aquí, parece ser que te gusta lo que ves - dijiste acariciándome el bulto que marcaba la tela del pantalón.
"Mira que eres cabronceta" - pensé. - "¡Como no me va a gustar!".
En un pispas deslizaste la cremallera, me bajaste el pantalón y tu lengua jugaba con mi sexo al ahora te lamo, ahora no.
-Como sigas así, te voy a poner a cuatro patas y follarte hasta que digas basta -rugí.
-Jajajaja, tu has de estarte quietecito. Si no, ¡no vale!-dijiste separándote un poco para mirarme con ojos risueños.
Con una cara de "no sabes lo que te espera", seguiste lamiendo un poquito aquí, un poquito allá.De repente nuestra habitación se quedó en penumbra y tras el cristal apareció completamente iluminado otro cuarto con una cama en primer plano y atada de pies y manos sobre ella, una chica con los ojos vendados. No había más decoración que una silla al lado de la cama y en un lateral se veía una puerta.
Si bien sabía que nadie nos podía ver, me sobresalté un poco. La puesta en escena había sido impactante pero eso de mirar sin que lo sepan es muy morboso y más si a eso, se le añade el "tratamiento" que me estaba dispensando Irene.
Es guapa la chica. Morena con la piel muy blanca, o quizás es la luz que brilla sobre ella lo que hace que su cuerpo se vea extremadamente pálido. Su pecho sube y baja rítmicamente, parece dormida pero de vez en cuando se humedece los labios y mueve los brazos y las piernas como para desentumecerlos. Sus pezones apuntan al cielo. ¿Tendrá frío o será excitación? Claro que, para excitación la mía sintiendo el calor de la boca de Irene.
La puerta se abre de repente y entra un tipo alto y fuerte, con un aspecto un tanto rústico. Los pezones de la chica se han endurecido aún más e intenta cerrar las piernas sin conseguirlo. Él le dice algo, pero desde aquí no se oye nada. Se acerca a la cama y le pellizca los pezones antes de lamerlos y morderlos durante un rato. El cuerpo de ella se contrae, parece que le gusta.
Mi sexo ocupa por entero la boca de Irene, rozo su paladar y noto como su garganta se dilata. Empiezo a follarle la boca sin contemplaciones al mismo tiempo que el tipo le mete dos dedos en la vagina a la chica y los saca chorreando. Se los acerca a la boca y ella los lame lascivamente mientras él se desabrocha a toda prisa el pantalón, dejando ver un polla bastante grande. Dudo que se la pueda meter, la chica es muy menuda. Me equivoco. Se coloca entre sus piernas y la penetra de un golpe. Ella grita o eso me parece a mí. Cojo la cabeza de Irene y la empujo hacía a mi sin importarme si le gusta o no. El hombretón se esta follando a la chica violentamente, parece excitarle el gesto de dolor de su cara y sin dejar de empujar agarra sus pechos y los empieza a estrujar. Estoy a punto de correrme. Irene, con la cara congestionada, aguanta la violencia de mi penetración. Nunca le había follado la boca así y me encanta.
La cara de desconocida indica que ella tampoco lo esta pasando mal. Se ha acostumbrado al ritmo de su amante y eleva la cadera cada vez que él empuja. Por su cara, esta a punto de correrse y así es. Sale de ella y cogiéndose el miembro con las manos dirige los chorros de semen sobre el torso desnudo de la chica. Abalanzándose sobre ella empieza a lamerla y besarla con fruición haciendo que ella se arquee gozando de un intenso orgasmo.
No puedo más y me vacío en la boca de mi chica que se lo traga todo glotonamente.
-Ufffff, ha sido increíble- logro decir.
Irene me mira sonriente. La atraigo hacía mi y la beso con pasión.
-Gracias amor mio, no lo olvidare.
-Mmmm, ¿Ya no quieres mas?, pues esto todavía no ha acabado.-me dice con un mohín, cogiendo mi sexo flácido y llevándoselo de nuevo a la boca.
"Esta chica me va a matar"- pienso, mirando de nuevo hacia la habitación.
La chica vuelve a estar sola. Su entrepierna se ve brillante, seguramente por el orgasmo que acaba de tener. Los pechos están un poco enrojecidos por las "caricias" que han recibido. Suben y bajan de forma acelerada y más cuando oye abrirse la puerta. Gira la cara hacia ella aunque la venda le impide ver quien entra. Esta vez son dos chicos, de unos veintitantos, que abren los ojos como platos cuando la ven. En un santiamén se desnudan y mientras uno le pone la polla en la boca, el otro ya esta entre sus piernas penetrándola. No son muy expertos y se corren los dos antes de que Irene haya tenido tiempo de ponérmela dura de nuevo. La cara de la chica no muestra ninguna emoción. Dudo que haya tenido tiempo de excitarse. Ellos se van riéndose. Un hilillo de semen se desliza por sus piernas y la puerta se abre de nuevo.
Irene ha cambiado el ritmo de sus lamidas y mi sexo, siempre sensible a todo lo que ella hace, le responde levantándose y dándole golpecitos en los labios.
En la habitación un hombre trajeado observa a la chica atada. Ella vuelve a respirar de forma agitada, se la nota nerviosa. El se acerca a la silla donde ha dejado un maletín. Lo abre, trastea un poco y coje algo. Esta de espaldas a mi y no distingo bien lo que es.
Se gira hacia ella con una especie de fusta en la mano con la que recorre todo su cuerpo suavemente. La muchacha se estremece disfrutando con la caricia. Él, con parsimonia, sube por sus piernas, roza sus labios vaginales sin abrirlos, rodea su ombligo, sube hacia sus pechos y les da pequeños golpecitos. Los pezones parecen piedras y él desanda el recorrido y se dedica a golpearle suavemente el sexo que poco a poco se abre dejando ver un clítoris hinchado. Una mezcla de flujo y semen resbalan entre los labios rosados.
Le hago una seña a Irene para que pare y se levante. Quiero follármela y hacer que se corra hasta que no pueda más.
-Ponte con los pechos pegados al cristal y abre bien las piernas-le susurro al oído, lamiéndole el cuello mientras me quito el pantalón.
- Chsst, no digas nada.- Mi sumisa compañera hace lo que le digo, obediente. Se la ve preciosa y muy deseable.
La desconocida esta gozando como una loca. Su cuerpo se tensa y destensa sudoroso y el ejecutivo no parece cansarse. Sigue acariciando con la fusta su clítoris, sus pezones, sus muslos provocándole un orgasmo tras otro.
Me pego a la espalda de Irene. Ella ve por primera vez lo que esta pasando detrás del cristal. Pongo mi mano entre sus piernas. Parece que le gusta el espectáculo, esta empapada.
-Que zorra eres-le digo en voz baja metiéndole tres dedos en su sexo. Ella gime y empuja su culo contra mi.
El hombre ha dejado la fusta y esta desatando a la chica, que se frota las muñecas doloridas. La ayuda a levantarse y vienen hacia nosotros.
Irene intenta separarse del cristal, pero yo la empujo aun más contra él aplastándole los pechos y restriego mi sexo contra sus nalgas.
-Recuerda que no nos pueden ver- le digo para tranquilizarla mientras le acaricio el clítoris suavemente. Le tiemblan las piernas. Se va a correr de un momento a otro.
El ejecutivo ha tenido la misma idea que yo y coloca a la chica contra el cristal, de espaldas a él. Su boca y sus pechos aplastados coinciden con los de Irene que a estas alturas ya no puede mas y se corre mojándome la mano. Después del primer orgasmo, mi chica esta hiper sensible y no es difícil hacer que se corra una vez tras otra. Así que sigo con mis caricias en su clítoris. Ella se mueve intentando sacar mi mano y lo único que consigue es que mi polla se entierre aun mas en sus nalgas.
Parece que lo que hay bajo el espejo es una especie de ducha o bañera porque un chorro de agua cae sobre la chica que pronto queda empapada. El hombre empieza a jabonarla suavemente entreteniéndose mas de la cuenta en sus pechos y su sexo. La cara de la chica es un poema, se esta corriendo otra vez, al igual que Irene.
-Para, por favor- me dice entre gemidos.
Le muerdo la nuca y le concedo dos minutos. Así que saco la mano de su sexo y le empiezo a sobar las tetas como a ella le gusta, primero suave, después apretándolas un poco como amasándolas y pellizcando de vez en cuando los pezones.
El ejecutivo ha aclarado todo el jabón y la chica se ve preciosa, con el pelo chorreando enmarcándole la cara y todo el cuerpo mojado. La inclina hacía delante y yo hago lo mismo con Irene, me gusta ver las caras de las dos mujeres pegadas, separadas apenas por un cristal.
Él se desnuda dejando la ropa perfectamente doblada sobre la cama. Es un tipo meticuloso y se lo toma con calma. Ella espera inclinada y por la forma como respira, vuelve a estar nerviosa.
-¿Te vas a correr otra vez, verdad?- le pregunto a Irene sabiendo que esta a punto de hacerlo. Tiene unos pechos muy sensibles y mis caricias se concentran en sus pezones. Se lleva la mano a la entrepierna y presiona su clítoris mientras grita dejándose llevar. Tengo que sujetarla para que no se caiga. La abrazo, dejándola descansar un poco.
-Muy bien, preciosa. Lo has hecho muy bien.
Unos golpes me hacen volver a mirar. El hombre, desnudo, esta penetrando por detrás a la desconocida que a cada embestida golpea el cristal. La agarra por las caderas, clavándole las manos.
No puedo resistirme, vuelvo a colocar a Irene de espaldas a mi, la inclino y busco su sexo. Mojo mis dedos en sus flujos y busco ese otro orificio que me vuelve loco. Ella se da cuenta de lo que quiero y me facilita la tarea poniendo el culo en pompa y abriendo aún más las piernas.
Su ano rosado, esta entreabierto y recibe mis dedos aprisionándolos con fuerza. Parece que me estaba esperando.
-Metemela ya- me pides con un rugido y no te hago esperar.
Pronto los golpes en el cristal se duplican. La chica parece sorprendida pero su amante se sobre excita al darse cuenta de que hay alguien detrás. La coge del pelo, del pecho, le da unos azotes y ella gime y gime, al igual que Irene.
El ejecutivo y yo acabamos casi al mismo tiempo y vosotras como si estuvierais confabuladas, seguís empujando la cadera hacia atrás gritando de placer al notar el semen caliente llenando vuestras entrañas. Noto en todo mi cuerpo tus palpitaciones. Es inexplicable como me siento en este instante. Me separo de ti cuando noto que te has calmado y te dejas caer sentada en el suelo. Al otro lado del cristal la desconocida debe haber hecho lo mismo, ya que solo se le ve la cabeza. El ejecutivo, increíblemente eficaz, ya se ha vestido y va camino de la puerta.
Miras a tu anónima compañera que en ese momento se ha quitado la venda de los ojos y como si pudierais veros, ambas juntáis los labios en el cristal, imaginando un beso imposible de realizar.-Gracias- consigo musitar.